Entre el Flechazo y la Intuición: Una Cita con "Gato Encerrado"

 

Después de aquel primer encuentro, llegó la segunda salida. Esta vez iba decidida a todo; estaba completamente flechada. Mi corazón solo recuperaba su ritmo cuando recibía un mensaje suyo por WhatsApp. No podía quitarme de la cabeza su sonrisa y, sobre todo, ese respeto que me había mostrado toda la noche anterior... algo que, lamentablemente, nunca me había sucedido.

La cita era en la terminal de ómnibus. "Plataforma 53 de la vieja terminal", me dijo. Cuando llegué, él ya estaba allí, mimetizado en la fila de pasajeros. Nuestro destino: Saldán.

Al principio me sorprendí. Sabía que en esa zona abundan los hoteles por hora y, honestamente, me había "hecho la película" cuando me invitó. Pero la sorpresa fue distinta: íbamos a viajar. Un trayecto corto, sí, pero viaje al fin. Justo antes de que el motor arrancara, su teléfono rompió el silencio. Lo sacó del bolsillo de su campera, miró la pantalla con un gesto fugaz y cortó la llamada.

—Mónica, hoy quiero contarte de mí —me dijo mientras guardaba el móvil—. El otro día vos te abriste conmigo y no sería justo que yo no hiciera lo mismo.

Apenas habíamos avanzado cinco cuadras cuando el teléfono volvió a sonar. Esta vez atendió, pero su voz fue seca: —Estoy ocupado, ahora no puedo hablar.

Cortó y el aparato regresó al bolsillo. Durante el trayecto, el móvil no dejó de sonar. Era una presencia invisible que interrumpía nuestra charla una y otra vez, hasta que, harto del acoso, decidió apagarlo.

Llegamos al final del recorrido. Bajamos y caminamos un poco entre el aire fresco de las sierras. Allí, rodeados de naturaleza pero con la tensión en el aire, me animé a preguntar: —¿Quién te llama con tanta insistencia? —Mi ex —respondió él con un suspiro. —¿Tu ex? —Sí, está loca. No acepta que nos separamos hace más de un año. Me persigue, me amenaza... me ha hecho perder varios trabajos.

Traté de ser empática y le pregunté si habían intentado hablarlo con calma, incluso mencionó que su madre había intervenido, pero que no había forma de frenarla.

Emprendimos el regreso a la ciudad de Córdoba. En el ómnibus de vuelta, el ambiente se puso "cachondo". Hubo abrazos, caricias y besos que me hacían volar, pero en mi cabeza algo no dejaba de resonar. Había una nota discordante en su historia; ese atosigamiento me parecía poco coherente. O ella era un fantasma demasiado presente, o él me estaba ocultando una verdad incómoda.

Al llegar a la misma terminal de donde partimos, encendió el móvil. La pantalla se inundó de notificaciones. Los mensajes que alcancé a leer eran terribles: amenazas constantes. Por un momento le creí. "Esta mujer está fuera de sí", pensé.

De pronto, el teléfono sonó otra vez. Al atender, su rostro cambió por completo; se puso pálido y nervioso. Solo alcanzó a decir: "Ahora voy". Colgó, me dio un beso rápido y me soltó la noticia: —Tengo que irme urgente, me llamó mi hermano. La loca se cortó por todos lados y la llevan al Hospital de Urgencias.

Me dejó esperando un taxi mientras él desaparecía en otro. Pasé el resto de la noche en vela, desarmando cada minuto de la cita. Por un lado, mi corazón deseaba creerle y estar con él; por el otro, mi cabeza no dejaba de repetirme: —Mónica, acá hay gato encerrado.




Libro: Él la eligió

Autora: Mónica Fragapane

Imagenes: paisajes de un viaje

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