Todo comenzó como un juego, una geografía trazada con los labios.
Mi boca comienza a recorrer tu frente con un beso suave, casi un susurro. Luego, busco uno de tus ojos para depositar otro beso, con la intención de limpiar cualquier rastro de dolor o maldad que hayan tenido que presenciar. Sigo con el otro ojo y hago lo mismo: mis labios buscan purificarte por dentro, devolviéndote la luz que el mundo intenta apagar.
—¿Continúo? —pregunto en un suspiro.
—Sí, amor —respondes con la voz quebrada por la distancia—. Leerte me llena de vida. Me haces olvidar, aunque sea por un instante, esta maldita guerra y estos estruendos que ya no deseo oír. Continúa, por favor... no te detengas.
Entonces, retomamos este hermoso viaje. Apenas hemos transitado los primeros metros de un trayecto largo, dispuestos a deleitarnos con cada paisaje que el cuerpo ofrece.
Me desplazo hacia tu oído izquierdo. Allí dejo un beso con fuerza, para que el universo encuentre el camino hacia tu escucha. Te doy un pequeño mordisco, juguetón y cómplice, para recordarte que debes estar atento al llamado de tu propio destino.
Luego me traslado a tu oreja derecha. Allí, junto al beso, deposito un "te quiero" suave, casi imperceptible, con un solo propósito: que mi voz despierte en tu memoria cuando estemos lejos y yo lo grite a los cuatro vientos.
Esta vez, paso de largo por tu boca. Está demasiado ansiosa y sé que si entro en esa zona turbulenta y húmeda, me arriesgo a perder el sentido y abandonar el recorrido.
Sigo descendiendo por tu cuello, marcando el territorio, avisándole a tus sentidos que los únicos suspiros que deben cruzar por esa garganta son aquellos que llevan mi nombre.
Dejo un beso en la clavícula derecha y otro en la izquierda. Imagino que ambos puntos forman las puntas de una estrella protectora, una señal para que tus brazos solo deseen rodearme a mí, convirtiéndose en mi único refugio.
Reparto una lluvia de besos por todo tu pecho. Quiero acelerar ese corazón que me ansía, ese motor que late con fuerza pero que aún no logra alcanzarme en esta gran vía de la vida.
Bajo entonces hacia tu ombligo, ese agujero de conexión con el infinito, el punto sagrado que nos trajo a este encuentro donde el amor se resume en algo simple y eterno: tú y yo, amándonos sin tiempo.
Llego finalmente a tu pelvis. Allí, con mis labios, le pido a tu cuerpo que resista el engaño de la lujuria vacía. Le ruego que elija amar con calma, sin apuros ni tropiezos, logrando disfrutar la plenitud del momento presente.
Mis besos continúan el camino... pero el resto lo dejo a tu libre pensamiento, porque ahora debo dedicarme por entero a cumplir lo que mis palabras han prometido.

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