Tengo la costumbre de navegar por mis redes sociales y, en muchas ocasiones, de allí observo conductas que la sociedad repite sin darse cuenta. Se actúa por costumbre o por mandatos heredados, pero en el fondo creo que se debe a una falta de análisis antes de hablar, escribir o actuar.
En otra época, yo también fui impulsiva, pero el tiempo me enseñó que la impulsividad me llevaba a cometer errores. El error de creer que me decían una cosa cuando en realidad era todo lo contrario; el error de suponer en lugar de preguntar; el error de callar o, por el contrario, de gritar a destiempo.
Hace poco, recorriendo Facebook, me topé con un meme sobre la paternidad. Lo anecdótico no fue la imagen en sí, sino los comentarios: casi un 60% de los usuarios escribía «nunca conocí a mi padre», mientras que un 40% respondía «no conocí a mi verdadero padre, pero me quedo con el que me crió».
Aquí es donde entra en juego la comprensión de texto ligada a las emociones, a esas heridas que hayamos superado o no, pero que aún dejan un rastro de dolor interno. El meme no preguntaba por el progenitor biológico; simplemente decía «tu papá». Sin embargo, la herida colectiva hizo que la mayoría leyera una ausencia biológica allí donde solo se apelaba a un rol.
Como es mi costumbre, recurro a mi propia experiencia de vida para ilustrarlo:
Fui madre soltera de mi hijo mayor a los diecinueve años, sin el padre a nuestro lado. Mi hijo, sin embargo, le decía «Papi» a su abuelo materno. Esto se debía a dos razones fundamentales:
La convivencia y el afecto: Al vivir con él, su figura masculina de referencia era su abuelo. ¿Esto implicaba que el niño no supiera que era su abuelo? No, él lo identificaba perfectamente, pero en su corazón ocupaba el lugar de su «Papi». Supo sanar esa ausencia biológica colocando a su abuelo en ese altar.
El lenguaje cotidiano: Cuando empezó a hablar, nos oía a mi hermana y a mí llamarlo «Papi», por lo que él simplemente replicaba lo que escuchaba en casa.
Lo más hermoso de esta experiencia ocurría en la época del Día del Padre. En la escuela, los niños preparaban el clásico regalo con sus maestras y mi hijo siempre lo hacía pensando en su abuelo. En el objeto quizás no escribía la palabra, pero al entregárselo le decía con total naturalidad: «Feliz día del padre, abuelo».
A lo largo del recorrido escolar, las maestras me comentaban que cuando se tocaba el tema de la familia, mi hijo siempre respondía «mi abuelo Papi». Jamás manifestó angustia por no conocer a su progenitor ni se instaló en la queja de la ausencia. Esto demuestra que la palabra «papá» o «papi» no siempre va dirigida a la sangre, sino a quien ejerce el papel de proveedor afectivo y protector en el entorno.
Hubo otro detalle que captó mi atención en los comentarios del meme: la gran mayoría de las respuestas del estilo «no conocí a mi papá, pero me quedo con el que me crió» provenían de mujeres. De este fenómeno me surge un interrogante que merece su propia investigación:
¿Por qué las mujeres solemos ser más memoriosas con aquello que nos lastima?
¿Por qué nos quedamos, a veces, apegadas a los lazos que nos siguen doliendo?
Bueno, esa investigación la dejaré para el próximo capítulo.

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