El Ágora de la Familia: La Mesa que se Extiende y se Encoge

Se acerca la Navidad, esa primera fiesta donde se representa a la familia reunida alrededor de un pesebre, con el Niño Jesús en el centro. Es una celebración que encierra conceptos como nacimiento, natividad y renovación. Sin embargo, hoy, como cada año, me pregunté: ¿«Nuevo» en qué?

La mesa principal ha cambiado. Hay rostros nuevos que se suman, entre nietos y sobrinos nietos; pero, al mismo tiempo, hay ausencias físicas. Un hijo, mi nuera y mis nietos pasarán las fiestas del otro lado del gran charco llamado Océano Atlántico. Cuatro horas antes que nosotros, ellos ya estarán levantando su copa y deseando una feliz Navidad; más tarde, nos tocará a nosotros desde este rincón del mundo. Por fortuna, gracias a la tecnología, podremos compartir ambos brindis mediante una videollamada en vivo. Este año, el destino me regala la oportunidad de brindar dos veces por el mismo motivo y en el mismo día.

Cuando era pequeña, en esa mesa siempre éramos cuatro: mis padres, mi hermana y yo. Con el paso del tiempo, el espacio se fue multiplicando: se sumaron mis cuatro hijos, mi hermana, mi cuñado, mis sobrinos, y luego llegaron los nietos, las nueras y mi yerno. Hasta el año pasado, la mesa seguía creciendo con un nuevo nieto y otro sobrino nieto. Pero para entonces, las primeras raíces —mis padres— ya no estaban físicamente. En esa cabecera que antes les pertenecía, mis hijos me ubicaron a mí como un símbolo de continuidad, con mi hermana siempre sentada a mi lado.

Este año, la fisonomía de la mesa vuelve a cambiar. Estaremos mi hermana y yo, mi cuñado, tres de mis hijos, dos de mis sobrinos, dos nietos, una nuera, un yerno y un nuevo nieto que viene en camino, creciendo en la panza de su mamá. De diecisiete que supimos ser, pasaremos a ser doce. La mesa se achica.

Es la eterna historia de la vida: al principio la mesa es pequeña; luego las circunstancias exigen agrandarla, agregar tablones, y con el tiempo, inevitablemente, se vuelve a reducir. Es un ciclo que se repite una y otra vez. Por eso, mis padres siempre nos transmitieron un valor sagrado: la Navidad es para la familia íntima y el Año Nuevo para los familiares directos. Porque esa mesa, sea redonda o alargada, se extiende y se encoge, permitiendo que más tarde cada rama del árbol arme su propia mesa, grande o chica, iniciando su propio ciclo.

Este es mi verdadero árbol de Navidad, el que armo en mi alma cada 24 de diciembre y desarmo el 6 de enero. Las raíces son mis padres y mis abuelos; el tronco lo formamos mi hermana y yo; las ramas son nuestros hijos; los nuevos brotes, nuestros nietos y sobrinos; y las esferas de colores son nuestros yernos, nueras y amigos. Las luces, finalmente, son los latidos de cada uno de nuestros corazones.

Y tu árbol de este año, ¿cómo lo has armado?

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