En las vísperas de San Valentín, cuando el mundo comienza a teñirse de rojo y los escaparates anuncian promesas públicas, hay un latir diferente para algunos. Son las mariposas que comienzan a recorrer el cuerpo, pero no todas vuelan al mismo ritmo. Algunas están alborotadas, impacientes, porque saben que su vuelo debe ocurrir un día antes. Saben que su amor, para protegerse del mundo, debe permanecer oculto en el refugio de la discreción.
¿Amor o solo Pasión? Es la pregunta que flota en el aire antes de que caiga la noche. Una duda que se disipa cuando el reloj marca las horas del día 13. En ese rincón del calendario, el tiempo se detiene y las etiquetas dejan de importar.
Las sábanas del día 13, aún tibias y húmedas, se convierten en testigos mudos y cómplices. Ellas nos cuentan, sin palabras, que allí hubo una pasión desbordante, pero adornada con destellos de un amor profundo y genuino. En ese encuentro, la felicidad no fue una pose para una foto, sino una entrega total. Los sueños, los anhelos y los miedos se mezclaron en ese juego eterno y sagrado que solo los que aman en silencio comprenden.
La magia de lo prohibido Celebrar antes de tiempo no resta valor al sentimiento; lo intensifica. Es el recordatorio de que el amor no siempre necesita el reconocimiento social para ser real. A veces, la luz más brillante es la que arde en la penumbra de una habitación compartida, donde el único testigo es el latido del otro.
¿Es posible que el amor más puro sea aquel que no pide permiso para existir, sino que simplemente sobrevive y florece en la víspera de lo convencional?
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