Sin embargo, el verdadero significado de esas palabras me fue esquivo hasta que cumplí los 40 años. Fue en ese momento cuando empecé a observar mi propia vida como quien mira una película ajena. Y fue tras la partida de mi madre a otro plano del Universo cuando me golpeó la pregunta definitiva: ¿Quién es, realmente, Mónica?
El guion impuesto: Matemáticas y Mandatos
Crecí bajo un concepto de "futuro" que no me pertenecía. En la secundaria, cursé una carrera que no deseaba porque mi madre insistía en que eso era lo que me daría un lugar "como mujer". Recuerdo que, desde mis 10 años, su voz era un decreto constante:
— "Sos muy buena para las matemáticas. Serás Perito Mercantil y luego Contadora".
Me enfoqué en los números porque era la exigencia de mi mañana. Pero, en paralelo, desde los 12 años, mi alma ya gritaba su verdad: era catequista. Amaba enseñar, compartir saberes y transformar mis experiencias de vida en lecciones para otros. Estudiaba contabilidad para ver a mi madre feliz, para que ella pudiera alardear ante los parientes de que su hija era la abanderada.
Pero la verdad era otra: yo solo era feliz frente a un grupo de alumnos. Allí estaba en mi mundo; un mundo que, para los ojos de mi madre, era simplemente un "pasatiempo".
La Paradoja de los Títulos
Cuando terminé la primaria, mi deseo era estudiar Magisterio. La respuesta de mi madre fue tajante:
— "Ser maestra es para los que no les gusta estudiar. No tiene futuro".
Irónicamente, a mí se me prohibió, pero mi hermana menor se recibió de Maestra Jardinera. La paradoja no termina ahí: yo, la "contadora", terminé dando clases de Informática, Plástica y Música durante décadas en escuelas primarias. Mi hermana, con el título bajo el brazo, solo ejerció de grande. Todo estaba al revés. Lo que para mi madre era un hobby, para mí era mi esencia.
Sin Arrepentimientos: Las Líneas Paralelas de la Vida
¿Me arrepiento? Para nada. Hoy entiendo que la vida no es una línea recta, sino una red de múltiples caminos y dimensiones paralelas que podemos transitar.
He aprendido la lección. Ya no estoy frente al aula, pero mi alma de docente sigue intacta. A veces "meto la cuchara" cuando veo a otros enseñar, no por entrometida, sino porque me brota del alma. Mi misión de vida se cumplió, aunque haya tenido que disfrazarse de hobby ante los ojos de los demás para poder sobrevivir.

Comentarios
Publicar un comentario