Esa mañana, el peso de mi bolso no lo daban los objetos cotidianos, sino un documento. Llevaba conmigo el papel más importante de una historia que arrastraba quince años de antigüedad; un trozo de papel que prometía cerrar heridas o, quizás, abrir una nueva etapa.
Mi jornada comenzó como siempre: la rutina de la oficina, las tareas de control de calidad en edición y el soporte técnico en cuatro idiomas. Pero mi mente estaba en otra parte. El reloj avanzaba inexorablemente hacia una cita ineludible a 120 kilómetros de distancia.
A las 11:00 a. m., el teléfono interrumpió el silencio del trabajo. Su voz, tajante, llegó como un ultimátum: —Tenés que estar acá sí o sí antes de las 13:00 con el papel. Si no, no hago nada de lo que te dije.
El pánico se instaló en mi pecho. Mis manos comenzaron a sudar y la concentración se esfumó por completo. ¿Me darían permiso? ¿Me descontarían el día? ¿Me echarían al volver el lunes por haberme ido antes? Con el pensamiento revuelto y el corazón latiendo en la garganta, me paré frente a la puerta de madera de mi supervisor. José era un buen hombre, pero mis ausencias recientes por trámites personales habían tensado nuestra comunicación.
Respiré profundo, busqué mi centro y entré. —José, necesito salir ya mismo. Debo viajar a Villa Giardino para un trámite urgente antes de la una. El lunes devuelvo cada hora, me quedo hasta tarde, lo que haga falta —le dije, extendiendo el papel para que viera la seriedad del asunto.
Él, sin siquiera levantar la vista de su escritorio, respondió con una sencillez que me desarmó: —No hace falta que me muestres nada, Mónica. Ve, haz lo que tengas que hacer y el lunes arreglamos.
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