Salí casi corriendo ante la mirada desconcertada de mis compañeros. Ya en el ómnibus, los 120 kilómetros se sintieron eternos. Entre cabezadas y sueños cortos, solo venía a mi mente una imagen: yo entregando ese papel y, por fin, solucionando todo lo que se había ocultado o postergado durante una década y media.
Al llegar a Giardino, el aire de las sierras me recibió con su frescura característica. Caminé diez cuadras cuesta arriba hasta aquel hermoso chalet, rodeado de un jardín de rosas y árboles frutales que parecían sacados de un cuento.
—¡Moni, entrá por atrás, estoy en el quincho! —gritó él desde el interior.
Al entrar, la escena me detuvo en seco: el aroma del asado, la mesa impecable para dos, el vino tinto y una calma que contrastaba violentamente con la urgencia de su llamada telefónica. No entendía la presión del horario si el recibimiento era un banquete. Pero una parte de mí, la que lo conocía de sobra, presentía el final de este guion.
El espejismo del amor
Comimos. Me sirvió la carne justo como me gusta: jugosa. Por primera vez en quince años, tuvo gestos de una ternura inédita; cortaba la carne y me la daba en la boca, tal como tantas veces lo había soñado. En ese instante, el mundo exterior desapareció. Se borró la oficina, las horas que debía devolver, e incluso el peso de mi madre y mis hijos esperándome en Córdoba.
Me sentía volar. Era un sueño hecho realidad. Nos amamos con una intensidad que hacía parecer que nuestros cuerpos se descubrían por primera vez. Luego nos quedamos dormidos, abrazados y desnudos, protegidos por las paredes de aquel chalet.
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PARTE 1 EN EL SIGUIENTE LINK
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PARTE III FINAL DE LA HISTORIA
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